sábado, 30 de agosto de 2014

De vuelta al Hospital



Eran ya más de las nueve de la noche y Andrés comenzaba  a desesperarse en la sala de Urgencias de aquel Hospital. Seguro que lo suyo sólo era una radiografía, escayola y de vuelta a casa, pero el abarrotamiento de las instalaciones de Urgencias del Hospital le creaba más trastorno que la propia rotura del codo, porque de lo que estaba seguro es que el codo estaba roto. El sonido al chocar contra el suelo así se lo transmitió.

De repente llegó su turno para radiografía. Entró con el brazo en cabestrillo, tal y como se lo habían enmendado en el Centro de Salud y pocas posturas pudo poner de cara a la prueba:

  - "¡Señora!! ¡No ve que no puedo moverlo!! ¡ Me duele!

  - Ya, ¿y tú no ves que tengo que hacer la radiografía lo más descriptiva posible de la zona? Eso tiene mala pinta. Porque si no puedes ni tan siquiera apoyarlo como yo te indico...

  - Limítese a hacer su trabajo que eso ya me lo dirá el médico.

  - Maleducado...." (masculló la enfermera mientras cerraba la puerta).

A los pocos minutos de acabar salió la enfermera con la radiografía en un sobre y con una cara casi de asombro. Lo pasó directamente al Dr. Se acabaron las esperas.

El médico que le atendió en primera instancia se trataba de un joven en prácticas. Al llegar Andrés, le pidió que se sentara y le contara lo que le había ocurrido:

  - Pues verá, mientras jugaba al fútbol un compañero me desequilibró en carrera con un rodillazo y me hizo caer de boca, con tal mala suerte que caí con el codo.

La cara del médico cambió por completo al ver la radiografía. Preso de algo que se movía entre la incredulidad y la euforia de ver algo así, se levantó sin mediar palabra y trajo con él a un Dr. de unos cuarenta y tantos años. Las preguntas fueron las mismas. Su cara también, aunque algo menos.

  - El golpe ha sido fuerte. ¿Jugando al fútbol?

  - Si.

Aquello comenzaba a no agradar a Andrés, quien vio como se marcharon ambos dejándolo de nuevo solo en la sala. No fueron más que unos minutos hasta que volvieron acompañados de un tercer Dr. de algo menos de sesenta años, y que se identificó como el Dr. Iglesias, Cirujano Jefe de Traumatología.

  - Hijo esto hay que operarlo, ¿lo sabes, no?

  - ¿Qué? ¿Operar? ¿Y por qué no me ponen una escayola y listo?

  - Imposible. Lo tuyo no se arregla con escayola. Hay que operar.

  - Pero ¿y cuánto tardaré en recuperarme?

  - Un mes inmovilizado y unos cinco de rehabilitación.

  - Eso no puede ser!! Estamos a 26 de diciembre, eso significa que no podré trabajar hasta mediados de junio...

  - Si, ¿y qué quieres decir con eso?

  - Empieza el año, nuevos objetivos, presupuestos,....

  - Olvídate de eso ahora. Lo importante es salvar tu codo.

  - ¿Pero qué dice Ud. de salvar mi codo? Ni que esto fuera la película del Soldado Ryan.... Y no sé ni tan siquiera ni porqué hay que operar.

  - Para que lo entiendas, tienes rotura de cúbito, radio, húmero y ligamentos. Si te gusta el fútbol y para que lo entiendas mejor, es como la triada de los futbolistas pero en el codo. Esta noche te quedas aquí y te apunto en lista de espera para operarte mañana. Si no falla nadie, te intervendré pasado mañana.

Aquello dejó a Andrés un tanto desubicado. Pasó de su estado inicial, un tanto arrogante, hacia uno  dubitativo, si saber aún asimilar todo aquello que tan rápido estaba ocurriendo. Tras una breve espera lo pasaron a una habitación en la tercera planta, aquella en la que se trataban los enfermos más graves de traumatismo. No quiso ser ayudado para la ducha. Le parecía denigrante, pero lo cierto es que sí hubiese necesitado esa ayuda, ya que fue muy difícil llevar a cabo la ducha con el brazo en cabestrillo.

Tras la marcha de su hermana y cuñado, los cuales le acompañaron en todo momento al tiempo que le acercaron lo más básico para estar los proximos días en el hospital, la puerta de la habitación se cerró. Ensimismado en su mundo trataba de adaptarse a la nueva situación, resoplando y haciendo unos aspavientos que tampoco le ayudarían mucho a desenvolverse en su nueva situación. De pronto se abrió la puerta y entró la enfermera. Aquello le permitió oir unos continuos llantos al fondo del pasillo que poco a poco se iban multiplicando. Sin darle tiempo a preguntar el motivo de aquellos llantos, el Dr. Iglesias hizo acto de presencia.

  - Eras el segundo paciente en reserva. En estos momentos eres el primero.

  - Que bien (en un tono que rozaba lo sarcástico). Verá como al final me opera mañana.

Tanto la enfermera como el Dr. Iglesias se miraron un tanto indignados por aquel desafortunado comentario.

  - No lo creo. Aunque pudiera, me gustaría tratar bien tu caso. Debo estudiar algunas cosas antes.

  - Dr. que es una rotura. Abra, suelde y cosa. Ya está!!!

  - Creo que no eres consciente de la gravedad de la lesión. Además de lo que te expliqué en Urgencias, una pequeña parte del codo se ha volatilizado, no existe. Cuando abramos habrá que aspirar los huesos y no podremos reconstruir, sólo tratar que se unan de nuevo. Será un milagro que recuperes el 100% de la movilidad. Pero no sólo eso, puedes perder gran parte de la misma. Prepárate para lo peor. No soy muy optimista.

  - ¿Qué está Ud. diciendo?

  - Escucha bien hijo, tomatelo muy en serio. El resultado de la operación dependerá no sólo de lo que mi equipo y yo seamos capaces de hacer en quirófano, sino de lo que tu pongas de tu parte en la rehabilitación, la cual deberás comenzar desde el minuto uno. Será muy dolorosa, pero es necesaria que la completes. Un día que pierdas es un tanto porciento de movilidad que no recuperarás. Llevo muchos años en traumatología y pocas veces he visto una lesión tan compleja.

    Descansa y no te preocupes. Todo saldrá bien.

El Dr. Iglesias se marchó después de dar un par de palmadas en el hombro de un Andrés que quedó desorientado.

Mientras, la enfermera se quedó rellenando un cuestionario al que él respondía con bastante desánimo, accedió a preguntar interrumpiendo con ello el cuestionario:

  - ¿Por qué he avanzado un puesto en la lista de espera?

  - Ha fallecido el paciente de la 340

  - ¿Fallecido? ¿De ahí los llantos?

  - Sí.

  - ¿Y qué le ocurrió?

  - Un derrame interno. No se pudo hacer nada.

Después de terminar su cuestionario y marchar hacia la puerta, la enfermera se dio la vuelta antes de salir:

  - El Dr. Iglesias no suele visitar a enfermos y menos a esta hora de la noche. Sientete un privilegiado. Descansa. Buenas noches.

La puerta se cerró y Andrés se quedó sumido en el desconcierto. Aquellas palabras del Dr. le hicieron aterrizar de golpe en el suelo. Un golpe más duro que el recibido durante el partido. Y es que lo malo del éxito es que te hace confundir tu valor como persona con los objetivos que se van consiguiendo, como si fueses mejor persona o más respetada por tus éxitos, y no es así. Después de un 2006 triunfal, Andrés había olvidado lo que le había hecho llegar hasta allí, aquello por lo que fue considerado un Samurai Bancario. Cegado por la inercia de los éxitos, pensó estar por encima de muchas cosa. Una lástima.

Conmovido por la situación, salió al pasillo dirigiéndose hacia la 340. Enfundado en aquel ridículo pijama de hospital, se desplazaba lentamente por el pasillo. Al llegar a la habitación, cayó en la cuenta que aquella habitación 340 era la misma en la que estuvo ingresada Lindiwe en su largo coma. Su respiración se aceleró. Ensimismado en su mundo, había olivado incluso hasta a quien tanto amó. Y no había pasado tanto de aquello, apenas 5 años de su brutal accidente.

Cabizbajo regresó a su habitación. Consiguió como pudo quitarse las lentillas y se dirigió a la cama. Estaba derrumbado. La cruda realidad, la soledad y su complicada situación le habían hecho claudicar. Abatido, eran muchas las ideas que le pasaban por su cabeza. La vida era más que unos simples objetivos y resultados. ¿Qué sería de él si perdía la movilidad del codo?

Su brazo seguía muy inflamado y una mancha negra se extendía al tiempo que continuaba aumentando el hinchazón. El dolor volvía a hacer acto de presencia. Pidió un calmante. Bajó la cabeza, y vacío por dentro, en la soledad de la noche, aprisionado en el ostracismo de su habitación, claudicó. Y lloró.....

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Andrés triste la historia, pero bonita.
Da mucho para pensar.
Un saludo

El último samurai bancario dijo...

Cierto, es triste, aunque me alegro que la historia te haya llegado.

Saludos y gracias

Flavia dijo...

Hola Samurai, historia interesante. Creo que la perdida de su brazo, o posible perdida es un buen simbolo.

Es dificil describir cual es el exito en la vida. Actualmente nos vendemos casi como producto, curriculums vitae llenos de cursos tomados o trabajos experimentados solamente para ser una buena compra para una empresa.

Se buscan perfiles, para los que nos desarrollamos. Pero perdemos el norte, qué seríamos en realidad si esta aprobación de la sociedad no fuera necesaria?
Ultimamente he preguntado esto a amigos que estudian economicas o ingenieria. El de economicas me dijo, yo sería psiquiatra, me gusta ayudar a la gente. El ingeniero, yo seria tenista, pero todo el mundo sabe que es una tonteria dedicarse al deporte, no te da nada.

Es un concepto duramente arraigado en nuestro ser que forma parte de nosotros. El despertar, puede ser tan duro como el perder una parte de si mismo. Pero el no tenerla nos hace valorar más otras, o a caso no hemos pensado en el valor del dedo gordo del pie!! :)

Me gusto mucho
Saludos

El último samurai bancario dijo...

Hola Flavia

Gracias por tu comentario. En estos momentos me encuentro ante el ordendor dudando si seguri escribiendo la historia o no. Además, muy cerca de ti, pasando estos días de vacaciones en Suecia.

Feliz 2.015!! Y espero que el nuevo año traiga también nuevas entradas a tu blog.

Besos